IX FESTIVAL DE FLAMENCO VA SUCINA (MURCIA) DEL 15 AL 18 DE JULIO 2015

RECINTO EXTERIOR DEL CENTRO CULTURAL MUNICIPAL DE SUCINA
La Unesco declara el Flamenco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en Nairobi 16.11.10
El Ejecutivo de la Región de Murcia declara Bien de Interés Cultural inmaterial los Cantes Mineros y de Levante

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sábado, 3 de septiembre de 2011

ARTÍCULO DE INVESTIGACIÓN DEL FLAMENCÓLOGO PACO PAREDES: ANTONIO AYALA MATEO "EL RAMPA" 1ª PARTE

ANTONIO AYALA "EL RAMPA" 2º PARTE


Por esos años Guerrita ya triunfa en Madrid y es un fiel reclamo de los mejores espectáculos Vedrines. Fanegas se afianza como cantaor indiscutible en Cataluña, convirtiéndose durante años en el cantaor preferido por el público que, día a día, se agolpaba para escuchar buen flamenco en el Teatro Circo barcelonés.

Mientras, en la tierra, el Rampa, junto con el Mendo, se convierten en los cantaores punteros que vierten su arte entre los contornos del terruño. Su cante es el impulso necesario para complementar verdaderos espectáculos de lujo, alternando con las más grandes figuras del género.

En marzo del 27, el Rampa es contratado para completar un cartel junto a la más genial de las cantaoras de todos los tiempos Pastora Pavón “La Niña de los Peines”, que vendría acompañada por el también cantaor José Muñoz Martín “Pena Hijo”, triunfando en el Circo Teatro unionense y en el Teatro Circo de Cartagena.

Los cantaores regionales se suceden en los concursos del verano de ese año: Antonio Jiménez “Niño de San Antón”; el Niño de La Unión; El Cartagenerito; El Niño de Cartagena; el Cano, José Medina…. También el joven Eleuterio Andreu que, poco más tarde, giraría en compañía con el Niño del Genil.

El genial Angelillo es contratado durante algún tiempo para cantar en el Gran Kurssal español. Situado en el número 21 de la calle Aurora haciendo esquina con la calle Torres número 3, y conocido popularmente como La “Puñalá” en honor a una de pelea acaecida en su puerta años atrás. “La Puñalá”, se convertiría en el café más célebre del barrio del Molinete y en el cual se podía disfrutar del mejor flamenco con los cantaores de la tierra, siendo además el lugar de reunión de todos los grandes cantaores foráneos que paraban por la comarca. Durante su estancia en la ciudad, Angelillo comparte actuaciones junto al Rampa y el Mendo en los locales más flamencos de la zona.

De nuevo el Circo Teatro de La Unión acoge buen cante el 8 de septiembre del 27. La prensa del momento destaca el gusto y la modulación del cantaor de Vallecas. Al parecer el Rampa no tuvo su noche más acertada, aunque según la crónica, la actuación también gustó al respetable. Continúa la crítica con el Mendo. El periodista considera su estilo como el más típico y natural de la tierra. El guitarrista Pepe Grau “Rojo el Alpargatero”, extraordinario como siempre.

El 17 de noviembre del 27 de nuevo lo localizamos junto a un joven Juan Varea, apenas un principiante por esos años en el Circo Teatro de La Unión. El elenco lo encabezan Angelillo y el mago de la guitarra, Miguel Borrull. Completan el espectáculo su hermana, la bailaora Conchita Borrull, el bailaor Manolo de la Rosa, el Rampa y nuestro paisano, José Grau.

Un día más tarde, es presentado en el Teatro Circo de Cartagena. Al elenco se unen para la ocasión el cantaor de Santa Lucía, Juan el Andaluz, Pedro Garrido “El Niño de Levante”, quien años más tarde formara parte como cantaor de la compañía de la genial Carmen Amaya. De nuevo, la guitarra para los artistas de la zona sería la de Pepe Grau.

ANGELILLO

El éxito de Angelillo es arrollador; el Rampa también sale bien parado por la crítica en la que se destaca al jovencísimo Varea, a quien el público rindió importantes aplausos, augurándole un gran porvenir. Conchita Borrull triunfó con voluntad imponiéndose al dolor que sufre de su pie izquierdo a consecuencia de un reciente accidente. Manolo de la Rosa destacó pos su baile por farrucas, mientras que Miguel Borrull hizo algunos toques en solitario para después acompañar a Angelillo que obtuvo un éxito sobresaliente.

Éxito, éxito… Angelillo, el de la voz de Oro, recibe críticas excepcionales a su paso por los teatros de la Región y, junto a su compañía, debuta en el Teatro Guerra de Lorca. Angelillo, el de la voz de oro, revoluciona al público por su gusto y sentimiento interpretativo.

Y seguimos con las crónicas de excepción de la época. El Rampa y Juan Varea estuvieron muy bien y fueron constantemente ovacionados. También Paquita Mateos “La Gonzalito”, la peque lorquina, tuvo un éxito clamoroso.

Por esos años, el Rampa goza de un éxito imparable. Su amistad con Angelillo hace que éste apadrine a una de sus hijas. Como anécdota nos relatan sus familiares que, cuando Antonia, la hija mayor del Rampa comenzaba a andar, Angelillo le enseñaba monedas y las tiraba por el suelo para que la niña motivada diera sus primeros pasos.

Comparte cartel con el genial Manuel Vallejo en varias ocasiones e ilustra importantes macro espectáculos de la ópera flamenca en el desaparecido coso taurino cartagenero junto a Varea, el Cojo de Málaga, El Pinto, La Niña de Los Peines, El Niño de Orihuela, el Niño de Utrera y Manuel Pavón. Con este último, se correría alguna que otra juerga de importancia en el desaparecido, flamenco y pendenciero barrio del Molinete.

Antonio “El Rampa” era un cantaor querido y respetado por sus compañeros de profesión. Guerrita que, ya por esos años se había convertido en una primera figura nacional, le consigue un contrato para debutar en el Circo barcelonés, aunque el Rampa donde de verdad se encontraba a gusto era en su tierra acompañado de los suyos y lo que, primero se había convertido en un gran contrato, duraría solamente una semana, volviendo de nuevo a Cartagena para seguir con su cotidianidad.


Y, de nuevo, en la ciudad portuaria, ameniza de buen arte las fiestas de los personajes más influyentes de la zona, especialmente las organizadas por el Almirante Bastarreche, que sentía una enorme admiración por el Rampa, siendo éste su cantaor preferido para sus reuniones.

Los teatros, cines y cafés de la zona programan todo tipo de espectáculos en los que el Rampa era un fijo en gran parte de ellos. Se incorporan a los elencos cantaores como Roque Carrasco “Roque el de Las Máquinas”; José Lucas; Tomás Cuenca; Ginés García; Juan el Andaluz; Jaime Tartabull; La Levantina; el Niño de Cartagena; El Niño de La Unión, etc.

Entre los años 1929 y 1930, el dueño del Café del Tranvía recupera los espectáculos de cante jondo que años antes tanta gloria dieran al local y a la historia del cante de la Región.

El Rampa, al igual que hace una década, se convertiría en el cantaor local encargado de medirse a los cantores foráneos contratados para actuar en el prestigioso café durante esos años. Junto a él, actuaron el gran Soldado de Sanlúcar, que no es otro que el cantaor Paco Gallardo que formara parte en ocasiones de la compañía de Guerrita; la estrella local, el cartagenero Juan Baños “Fanegas”; Verdulerito de Málaga; El Niño de Quesada; Niño de Coín; el Posadero; Vallejo Chico; el Canario de Madrid (Canario Chico); Manuel Celestino Cobos “Cobitos”; José Rebollo; La Piquito de Oro; María la Granaina; La Niña de Chiclana; el Cano anunciado como el Rey de las Cartageneras; La Niña de Linares o el Niño de las Moras. También, las guitarras, entre otros, de Blasillo Hernández “Montoya II”; José Mateo “El Zocato”; el Malagueñito.

Además, continúa actuando en espectáculos junto a Rebollo, Cobitos, La Lavandera, La Ciega de Jerez, con los que marcha en una breve gira por algunas ciudades españolas.

Las críticas se suceden en la prensa de la época. En el Café del Tranvía, El Rampa es cada vez más aplaudido en sus tarantas y fandangos, que interpreta con un gusto grande y singular.

En esos años ya había contraído matrimonio con Dolores Oballa. Fruto de esa unión nacerían Antonia, Manuel (padre de Antonio Ayala “El Rampa” nieto), Juan (apodado “el Sandi”) y María Dolores. Sus hijos varones desarrollaron una gran afición por el cante. “El Sandi” fue un destacado cantaor aficionado y, aunque nunca llegó a desarrollar su arte en un escenario, conocía a la perfección una extensa variedad de cantes antiguos aprendidos de su padre; cantes del Garrido de Jerez, del Cojo de Málaga y un gran repertorio de cantes de la zona.

Pero si hay un fiel continuador del arte flamenco en su familia es, sin duda, su nieto Antonio Ayala Paredes, el Rampa, quien heredó su arte y nombre artístico. Cantaor con un extensísimo repertorio y unos conocimientos “jondos” fuera de lo común, cuenta en su haber con algunos de los más importantes premios en el panorama nacional, destacando la Lámpara Minera en el Festival de La Unión y el Abanico Flamenco de Barcelona.

Si su abuelo formó parte junto al Guerrita y Fanegas de ese trío mágico que lideraba una generación, su nieto pertenece a otra de cantaores nacidos entre los 50 y 60, siendo referente obligado junto a Encarnación Fernández y el tristemente desaparecido Manolo Romero como poseedores de una frescura y jondura renovadas en la interpretación de los cantes de nuestra tierra. Con estos dos últimos, se abriría especialmente un proceso generacional en el que los cantes de La Unión, siguiendo las líneas que habían interpuesto sus antecesores, rompen ese hermetismo interpretativo que impedía a los artistas enriquecer el cante con sus aportaciones.

Volviendo a la figura cantaora de su abuelo, me gustaría reivindicar que al Rampa Viejo, hoy se le reconoce casi de pasada, como si fuese un mero aficionado, pero sería cuestión obligada justificar su figura como uno de los artistas más destacados de la provincia a partir de los años 20, con mayor intensidad en las décadas de los 30 y 40 porque con el asentamiento en Barcelona y triunfo por toda España de Guerrita y, en menor medida, Fanegas, él lideró a los artistas de esa misma generación que optaron por seguir en la tierra. Pertenecen a ese grupo de artistas, el Mendo; Patricio Alarcón; La Levantina; Manolo Peralta o el Cano. Más adelante, cabe citar, en Cartagena, a Antonio Piñana; en La Unión, a Juan Alcaraz “Niño de La Unión”, quien participó en varios elencos de Ópera Flamenca; El Genaro; Simón Zaplana; Pedro el Igualero, así como un joven Eleuterio Andreu.
En sus últimos años formó parte del jurado del Festival del Cante de las Minas de La Unión en sus primeras ediciones y asesoró a la organización del concurso durante algunos años, siendo imagen viva de magisterio y vivencias flamencas. El Rampa volvería a reencontrarse con Don Antonio Grau, el hijo del mítico Rojo el Alpargatero, y de nuevo florecerían los recuerdos de esos años de juventud, reivindicando esa escuela de cante antiguo de la que él se nutriría mamando de sus esencias en su juventud.

De esos años, hace unas declaraciones al desaparecido Asensio Sáez, Hijo Predilecto y Cronista Oficial de La Unión, recordando y reivindicando que conoció y alternó con Don Antonio Chacón de quien decía le había escuchado cantar minero, en alusión a los cantes de la tierra. Además, aportó unas apreciaciones muy personales de todo lo que le escuchó cantar:

Oír a Chacón era mismamente abrirse la gloria delante de usted, pero en “minero”, lo que se dice “minero”, Chacón no cantó nunca, no señor. Eso sí, el cante de las minas, el verdadero, lo enloquecía. ¡La de veces que en el café del comercio se rodeaba de “cantaores” mineros! Contar y no acabar. Los mineros, hala, venga a cantarle una copla tras otra hasta quedarse roncos.
(Sáez Asensio: LA COPLA ENTERRADA- Teoría apasionada del Cante de las Minas- Ayuntamiento de La Unión. Concejalía de Cultura-MU-1307/1998).

Del cante del Rampa puedo asegurar que, según los testimonios de excepción de mi padre, el cantaor unionense Alfonso Paredes “Niño Alfonso”, y del desaparecido cantaor cartagenero Antonio Rodríguez, “Morenito de Levante” -que compartieron con él alguna que otra “juerga” en los años 50 y 60-, su repertorio era extensísimo, destacando en granaínas, cartageneras, fandangos, verdiales, saetas, malagueñas en las que abarcaba una infinidad de estilos primitivos, cantes de ida y vuelta, etc. Además, aunque no era su fuerte, conocía una extensa gama de cantes por seguiriyas y soleares.

Su especialidad eran los cantes mineros primitivos, es decir, el cante por tarantas, del que conocía una gran variedad. Su voz, casi apagada ya en ese tiempo, recogía los registros sonoros del cante de la tierra; la interpretación de la Taranta en la voz del Rampa tomaba rango de cante grande, desarrollando una gran variedad de estilos diferentes. Y es que, con él, se cerraba un legado de cante de la tierra, sin adulterar por las modas cantaoras del momento. Su cante, impregnado con el misterio de lo antiguo, era fiel reflejo del llanto de un tiempo al que perteneció.
El momento álgido de su carrera se desarrolló en un tiempo en el que el cante minero en la comarca, aunque no olvidado, sí pasó a formar parte de un segundo plano. Al igual que en todas las zonas cantaoras, la ortodoxia se vería perjudicada por las nuevas forma interpretativas que imperaban en ese tiempo, a las que, al parecer, no quiso ajustarse, siendo un cantaor que expresaba su cante libre, con las solas ataduras de lo que su corazón y conciencia le dictaban. Por desgracia, no dejó nada registrado, su legado hubiese sido una fuente fidedigna de pureza del cante minero, muy a tener en cuenta por los estudiosos del tema.

Así pues, en los cantes antiguos, el Rampa era un filón.

Si el cante de sus compañeros de generación, Fanegas y Guerrita, respondía a las exigencias estilísticas de la ópera flamenca, con el Rampa el cante minero permaneció inmune, ajeno a influencias estilísticas.

Aunque no me han podido precisar si llegó a crear algún estilo de cante de la tierra, si nos recuerdan que solía cantar como uno de sus cantes predilectos una famosa taranta con la misma letra y musicalidad de las que se recogen en la actualidad como una de las mineras transmitidas por Antonio Grau al maestro Antonio Piñana, aprendida directamente de otro cantaor anterior a él, con el que compartió escenarios, amistad y una recíproca admiración: Patricio Alarcón.

Esto demuestra que no todo el cante de la zona quedó sepultado en el olvido, como mantenía la tradición. Algunas de estas tarantas, murcianas, cartageneras e incluso mineras, siempre estuvieron presentes en el repertorio de algunos de los artistas de la época. Me inclino más a creer que no era el cante el que estuvo relegado al olvido, sino que parte de los que representaban la divulgación flamenca en ese tiempo no gozaron de la debida atención y reconocimiento. Y es que, entre los artistas que permanecieron en la Región, el Rampa ejerció de maestro y máximo exponente.
Ese cante es transmitido en la actualidad por el cantaor Curro Piñana que hace de él una versión magistral, mostrando cómo pueden evolucionar estos cantes siguiendo el estilismo de unos patrones establecidos por el legado Grau- Piñana. Es el divulgado con la siguiente letra:

Que siempre te encuentro llorando
Que te ocurre vida mía
Las horitas del reloj
Me las paso suspirando
Suspirando por tu amor.

Se consideró admirador de Don Antonio Chacón; La Niña de Los Peines; Manuel Vallejo; El Cojo de Málaga; Angelillo; Juan Varea; Jacinto Almadén; Guerrita y, sobre todos ellos, del Niño de Marchena y Juan Valderrama. De los cantaores posteriores a él, disfrutó con el cante de Fosforito que se convertiría en su cantaor favorito de los que cantaban en su vejez.


Trabajó sus últimos años antes de la jubilación en la empresa naviera Bazán. Por ese tiempo, solía acudir con frecuencia a un quiosco-bar de madera situado en la carretera de la Algameca, cerca de su lugar de trabajo, y a los bares del Pinacho y los Techos Bajos de Santa Lucía, donde se formaban las tertulias de cante y ejercía de ilustre docente del cante minero.

Visitaba a diario el legendario bar Sol en cuyo reservado siempre le esperaba la agradable partida que tantos beneficios económicos le reportaba y donde compartía pasiones entre tarantas y fandangos con quienes le acompañaban. El Rampa era visitado a diario por los jóvenes cantaores y aficionados que gustaban de pasar un rato agradable con el maestro. Su voz, frágil y deteriorada, dejaba entrever los duendes que de ella un día emanaron para orgullo y engrandecimiento de los cantes de La Unión y Cartagena.

Encontraría la muerte a los 72 años, alejándose con él su recuerdo, para algunos que más daba que con él, el cante minero quedara huérfano de pureza. ¡Eso que importaba! La historia no lo echaría de menos… ¡Que frágil es la memoria!

Mientras la historia sacrificaría a toda esa generación que desde hace años y, fiel a la promesa que un día hice a mi padre y a Manuela, hija de Guerrita, intento reivindicar como una de las mejores época en la historia de nuestros cantes. Y es que, como diría años más tarde el genial José María Sanz”Loquillo”, los tiempos están cambiando, sin remisión.

ACCESO A LA 1ª PARTE

©Paco Paredes
La Unión Minera y Cantaora

martes, 30 de agosto de 2011

ANTONIO AYALA MATEO "EL RAMPA" ARTÍCULO DE INVESTIGACIÓN DEL FLAMENCÓLOGO PACO PAREDES 1ª PARTE

ANTONIO AYALA MATEO "EL RAMPA" 1ª PARTE

ARTÍCULO DE INVESTIGACIÓN: Por PACO PAREDES:



El 14 de Agosto de 1968, cuando desde la desaparecida Terraza del Mery se ultimaban los preparativos de la octava edición del Festival del Cante de las Minas que comenzaría un día más tarde, nos dejaba uno de los máximos exponentes de la copla minera: Antonio Ayala Mateo “El Rampa”.

Desde el Festival se proyectaban emotivos actos de homenaje perpetuando el recuerdo a otros dos grandes ausentes que recientemente nos habían abandonado: Antonio Grau Dauset, (hijo del mítico Rojo el Alpargatero), que sería el eslabón necesario para recuperar una escuela que lamentablemente había sido arrojada a la más insospechada profundidad de nuestro recuerdos; y a Jacinto Almadén, que de no haber encontrado inesperadamente la muerte en un trágico accidente de circulación habría impulsado una escuela de cante desde La Unión, según había manifestado él mismo en reiteradas ocasiones. Y es que esta ciudad le cautivaría por su jondura y flamenquería desde que la visitara por primera vez de la mano del genial Guerrita allá por los años 30.

Pero, ¿qué pasaba con el Rampa? Se iba prácticamente sin hacer ruido, pasando casi desapercibido y, tal vez, muy pocos reflexionaron que con él desaparecía para siempre uno de los grandes filones del cante primitivo de nuestra tierra.

El Rampa nunca llegó a ser profesional, tal vez, porque no se lo propuso o quizás porque no sintió la llamada de la emigración para buscar el triunfo como otros compañeros de su tiempo, en esas macro compañías operísticas que giraban por España a partir de mediados los años 20.

Cartagenero de nacimiento, amor y convicción, encontraba en su tierra todo cuanto le hacía falta para ser feliz. Sus calles, plazas y bares formaron ese marco escénico que inspiraba su cante, con los matices de la tierra. Tal vez ese sería el motivo por el que no se lanzaría a la aventura y siempre, salvo raras ocasiones, eludiría la llamada del profesionalismo.

Vería la luz en 1896 en el callejón de Cantarería del barrio cartagenero de La Morería, siendo el segundo de siete hermanos de una familia de clase obrera que, hasta ese momento, no presentaba ningún antecedente de tradición flamenca. Sería bautizado a los pocos días de nacer en la Iglesia del Carmen de la ciudad portuaria.

El joven Antonio pronto sería conocido con el sobrenombre del “Pijete”, apodo heredado de su padre José Ayala Andreo, y algunos años más tarde como “El Rampa”. Con ese apodo, se convertiría en un cantaor que durante medio siglo defendió como pocos nuestros cantes mineros.

La delicada situación económica familiar le empujaría muy pronto a dejar los estudios básicos, por lo que apenas pudo ir a la escuela, motivó que empezara a trabajar muy joven. Aunque en su familia la mayor parte de los hermanos se dedicarían a la venta del pescado, el Rampa comenzaría a trabajar como camarero cuando apenas llegaba a la barra.

Su inteligencia y destreza para los juegos de manos le harían alternar este oficio con el de encargado de juego en el Casino de Cartagena, experiencia que le valdría en el futuro para sacarse un dinero extra en el reservado del bar Sol, donde su habilidad para los juegos de cartas y del Chamelo le reportaban un desahogo económico importante.

La afición al cante le venía desde la niñez, cuando en la Cartagena de su tiempo escuchaba cantar “al Porcelana, “el Tirito”, “el Alcayata”, “el Bosca”, “el cantares”, “La Fea”, “Los Nolascos” o “El Peluca”…
La Unión y la Cartagena de su tiempo eran un hervidero de buen cante minero. Allí quedaría prendado de esa forma especial de interpretar el cante por tarantas. Cantaores como Antonio Grau, Emilia Benito, El Fanegas y, sobre todos ellos, Patricio Alarcón, hicieron que se impregnara de las esencias cantaoras de la tierra y que en él habitaran las formas más primitivas de nuestro cante de las minas.

Si con Guerrita y Fanegas el cante minero se adaptó a las exigencias de un público mayoritario que buscaba un cante largo, cargado de barroquismo y modernidad, con el Rampa al igual que el Mendo, el Cano y La Levantina que, mayoritariamente desarrollaron su cante dentro del contexto que comprendía los límites territoriales de nuestra región, el cante, salvo leves influencias del marchenismo que imperó estructuralmente influenciando a los cantaores de la tierra, permanecía casi inalterable reivindicando con él esos sonidos oscuros que nacerían como desgarrador grito de dolor de la más humilde clase obrera de La Unión “Los Mineros”.

El Rampa cantaría prácticamente desde la niñez, aunque su primera actuación de importancia tendría lugar, según sus propias declaraciones, en 1913. Desde ese momento se convertiría en un puntal importante del cante de la comarca.

Más tarde comenzaría a trabajar como camarero en el emblemático y desaparecido bar Málaga en la calle Mayor, alternando su oficio con su verdadera pasión: “EL CANTE”. El bar Málaga se convertiría en lugar de peregrinaje de todos los aficionados al flamenco de la zona al cual llegaban para poder deleitarse con el cante del joven Antonio “El Pijete”.

La juerga continuaría en el desaparecido barrio del Molinete… El Rampa compartiría cante y afición con el gran Cepero bajo el techo del Café Neutral. Allí alternaría con la mayoría de cantaores que, durante temporadas, se establecían para trabajar en los cafés del barrio. Eran noches de cante y juerga con Angelillo, Pena hijo, Manuel Pavón, María “La Gazpacha”, Antonio Rengel, José Rebollo, el Niño de Tetuán y, por supuesto, Guerrita, que vería la luz en la desaparecida calle de La Aurora y el Gran Fanegas.

Algo estaba cambiando en nuestros cantes… Nuestra tierra experimentaba un nuevo proceso evolutivo de su primitiva copla y el cante florecía en cualquier rincón de la comarca.

El Rampa, aunque de carácter atrevido y bravucón, lo que le haría verse envuelto en infinidad de peleas a lo largo de su juventud (hechos documentados y constados en los archivos regionales y locales de la época, así como en los partes de accidente del hospital de Caridad), se convertiría en fiel guardador de su legado artístico, no teniendo inconveniente en llegar a las manos con quien le discutiera. Algunas de esas peleas serían con compañeros de profesión, como el Gran Fanegas con el que, aunque le unía una profunda amistad, no sería la primera vez que sus formas de entender el cante les llevase a algunos de ellos a la Comisaría y, al otro, en este caso al Rampa, malherido al Hospital para curar sus heridas.

Pero eso sí, bravuconerías aparte, El Rampa destacaría por el respeto a sus amigos de profesión y por su elegancia en el vestir. Gustaba de salir siempre impecable al escenario, algo que aprendería del “Niño de Marchena” que, sin ninguna duda, revolucionó los escenarios desde su presentación en Madrid a principios de los 20. Con él, compartiría escenario en innumerables ocasiones. A ambos les uniría una profunda amistad que perduró a través de los años hasta el final de sus días.

El “Niño de Marchena” quedaría fascinado por la forma en la que, en esta tierra, se interpretaba el cante por tarantas. Muchos serían los estilos que aprendiera en sus largas estancias por aquí. Cantaores como Guerrita, Fanegas, El Rampa, El Mendo, Patricio y un largo etc.… se convertirían en el centro cantaor de la reunión, además del gran “José Tejada”. Y es que, aunque ha pasado casi desapercibida para la tradición flamenca, incluso completamente olvidada en la historia de nuestros cantes, esta generación fue mucho más importante de lo que se ha transmitido hasta ahora.

El verdadero revulsivo del Rampa llegaría entre los días 2 y 5 de febrero de 1921 cuando, en el Café del Tranvía situado en el número 3 de Puertas de Murcia, se celebraría un prestigioso concurso de cante jondo, convirtiéndose en uno de los primeros concursos oficiales conocidos hasta la fecha.

Acompañados por la prestigiosa guitarra del profesor D. José Grau Dauset, hijo guitarrista del mítico Rojo el Alpargatero, se mediarían en el escenario del citado café los cantaores Juan Baños “Fanegas”, Antonio Ayala “El Rampa” y el murciano afincado en Cartagena “Patricio Alarcón”. El evento se convertiría en un verdadero éxito y un revulsivo económico de importancia para el dueño del local. Esto impulsaría que Don Antonio Antón Ferrera, propietario del “Tranvía”, se planteara incluir casi a diario los espectáculos flamencos en su establecimiento, lo que venía ofertando desde años atrás, ahora lo haría con una larga continuidad, satisfaciendo las exigencias de un público que abarrotaba el local las noches que ofertaba cante jondo.

El Rampa conseguiría un largo y bien remunerado contrato con varias actuaciones a la semana, prácticamente durante todo el año, y acompañado con la guitarra de Paco Molina, rivaliza con importantes cantaores foráneos contratados para actuar en el café. La Niña Rafaela “La Guerrita de Málaga”, “La Niña de Medina”, mujer de armas tomar con algún que otro escándalo provocado durante su estancia en la ciudad… y un largo elenco artístico contratado para triunfar en el café.

Hasta la desaparición del Café del Tranvía acaecida en 1934, aunque reconvertido años antes en el Bar Cervantes, el Rampa se convertiría en el cantaor preferido del local. Allí se mediría a las grandes figuras que, durante esos años, se establecían en Cartagena.

Café del Tranvía situado en el nº 3 de las Puertas de Murcia. Foto Casau

Alterna su contrato en el Tranvía con las actuaciones en el Cine ‘el Recreo’ de Los Dolores, además de los bolos por los pueblos y barrios de la comarca. Las actuaciones del Rampa en La Unión se suceden por esos años acompañando a los grandes cantaores del momento, completando carteles de importancia.

En junio de 1924 es proclamado vencedor del concurso de cante jondo celebrado en el Casino de Santa Lucía; el segundo y tercer premio recaen en José Bernal “El Mendo” y en el joven Manuel González “Guerrita” que, poco a poco y pese a su juventud, se estaría fraguando un brillante porvenir que le colocaría entre los artistas más destacados del panorama nacional sólo uno años más tarde.

Ese mismo año, participa en el concurso organizado por la Cofradía California resultando vencedora en el primero de los dos días que se celebra el concurso la granadina María Amaya “La Gazpacha”, que tan sólo dos años antes había obtenido un importante premio en el concurso celebrado en Granada impulsado por algunos de los intelectuales más importantes del momento, el segundo día el vencedor sería el cantaor Sanantonero Juan Baños “Fanegas”. El Rampa, por su parte, se tiene que conformar con sendas accésit de 25 pesetas.

Los concursos se suceden… En octubre del 25 figura entre la nómina de cantaores inscritos en los concursos flamencos organizados en el Circo-Teatro de La Unión, en los que ya se va marcando el proceso generacional de los cantaores de la tierra. En esos años, Fanegas y Guerrita están ganando posiciones destacando sobremanera entre los cantaores de su generación. Ellos serían quienes resultaran ganadores de los dos concursos celebrados en una semana.

El éxito que está experimentando el cante del Rampa no pasa desapercibido para los organizadores de los grandes espectáculos en los teatros de la Región. Ése sería el motivo por el que su nombre, junto con el de otros artistas de la tierra, es incluido en actuaciones de importancia.

Así, es contratado, junto a Guerrita, para completar un prestigioso cartel junto al cantaor del momento, El Niño Marchena, en su debut en el Teatro Ortiz de Murcia. Guerrita es un cantaor que gusta sobremanera al público murciano. El maestro marchenero queda fascinado por su cante e incorpora en su repertorio esa forma tan particular de interpretar el cante por tarantas de la tierra. El Rampa también goza del aplauso del respetable y, poco a poco, se va afianzando en los escenarios con los artistas más notables del momento: José Cepero, Manuel Vallejo, La Niña de los Peines…

Los concursos benéficos continúan a lo largo de esos años por toda la geografía regional: a favor del refugio de Santa Teresa en el barrio de San Antonio Abad; en la cerca del señor Spottorno a beneficio de los enfermos del barrio de Santa Lucía, obteniendo un tercer premio de 25 ptas. por detrás del Mendo y Fanegas; en los Molinos Marfagones a beneficio de las obras de la Torre del Reloj, en el Salón de Contrataciones de Murcia…

Las emisoras de radio emiten en directo desde sus estudios los conciertos de cante jondo de los afamados cantaores locales: Fanegas, Guerrita y el Rampa, quienes, acompañados por la guitarra de José Mateo “el Zocato”, agolpan junto a los transistores a una multitud de oyentes que disfrutan de su repertorio y, sobre todo, de esos fandanguillos de picadillo que tanto ilusionan a los aficionados que reciben los duendes a través de las ondas.

Las emisiones se convierten en grandes fiestas en las que, entre tarantas y malagueñas, proliferan los fandanguillos a dos y tres voces emulando lo que después provocaría el delirio de quienes tuvieron la suerte de poder asistir a las representaciones de “La Copla Andaluza” y el “Alma de la Copla”, en la que Guerrita, formando parte de importantes elencos, triunfaría por los mejores escenarios de España y Sudamérica.

La navidad de 1925 se convertiría en crucial para el reconocimiento del Rampa a través de los grandes cantaores del momento. Su cante es apreciado y respetado por algunos de estos cantaores. Durante esos días comparte noches de cante y gloria con algunos de los artistas más relevantes del momento. El día de reyes de 1926 debuta en el Circo Teatro de La Unión acompañando al Cojo de Málaga. Completan el cartel, el Niño Guerra y Patricio Alarcón. Las actuaciones del Rampa en grandes elencos se suceden y se convierte en un reclamo para completar carteles con las más prestigiosas figuras del momento.

En noviembre de 1926 resultaría ganador de la Copa en el concurso celebrado en el Teatro Principal de Cartagena ante un importante elenco de artistas de la tierra, donde el Niño de Marchena actuó como estrella invitada.

Las estancias del Niño de Marchena actuando por la Región se extienden en algunos casos durante meses, realizando actuaciones en los más prestigiosos teatros acompañados de bolos por pueblos y barrios de la tierra, cosechando importantes éxitos en todos los escenarios en los que derrama su arte.

En diciembre de 1926 completaría el citado maestro un elenco de lujo en San Antón a beneficio de la Hospitalidad de Santa Teresa. Completarían el cartel, el Pena hijo, el Rampa y las hermanas Díaz, que no eran otras que Isabel Díaz “Levantina” y su hermana Ángeles La Pescadora, y que un año más tarde formarían parte de los artistas que concursaran en las previas del concurso celebrado en el Teatro Pavón de Madrid. El Zocato sería el encargado de musicalizar los duendes jondos con el sonido mágico de su guitarra. El presidente de la Hospitalidad, Sr. Giménez Blechmit, entregó un pergamino de agradecimiento al Niño de Marchena quien, emocionado, daría las gracias, yéndose con la promesa de ofrecer otro recital a beneficio de la hospitalidad el verano siguiente.

CONTINUARÁ.

©Paco Paredes
La LUnión Minera y Cantaora

domingo, 27 de marzo de 2011

LA MINA DEL CANTE: MITOLOGÍA Y ÉPICA DEL CANTE DE LAS MINAS: POR JOSÉ SÁNCHEZ CONESA

LA MINA DEL CANTE

Mitología y épica del cante de las minas

¿Cual es el secreto del cante de las minas? ¿Qué tiene el festival de La Unión que no tengan otros? Son preguntas que me las vengo haciendo desde hace algunos años al contemplar el misterio del que participan estos estilos y el asombroso prestigio del certamen que los reivindica. Algo que nunca termina uno de explicárselo muy bien.

Creo que el secreto está en la mina con su épica de picos y barrenos, castilletes y malacates, explosiones mutilantes, sangre y muerte. Aunque no todo eran pesares, había tiempo para los devaneos amorosos: “Tengo una novia en Portmán/ y otra tengo en Herrerías: / con aquella me anochece, / con ésta me sale el día”. El coplerío la ensancha con el retablo de una época poblada por arrieros atrevidos y faltones, tartaneros orgullosos, mineros bravíos a golpes de marro. Ella afilando su guadaña y en la lejanía el bullebulle de ventorrillos y cafés de cante en una escenografía de pequeño oeste español que retrató en viñetas la pluma pincel de Asensio. Un mundo de esplendores pasados que nos fascina por desaparecido pero que, por mediación del arte flamenco y su toque de resurrección, recuperamos a nuestros antepasados muertos. Por ello escribía mi amigo Anselmo Sánchez Ferra que quizá amamos y admiramos estas cosas porque han ganado la partida a los enemigos esenciales de la conciencia humana-el olvido y la muerte-, y en ello rendimos homenaje a nuestra propia voluntad de perdurar. Un planeta de esplendores pasados y de penas antiguas del que nos han quedado algunos castilletes como dinosaurios que duermen un dulce sueño y el metal más hermoso de la sierra: el cante que nos redime y su poesía. Otra extrañeza de éste aficionado es que aún se sigan cantando esas letras cuando las bases materiales que las fraguaron ya no son radicalmente las mismas. Lírica arqueológica de unos modos de vida del ayer. ¿Por cuánto tiempo se seguirán cantando? Razón le sobraba a Pencho Cros, héroe junto a Eleuterio Andreu, de esta particular mitología por minero, cantaor y unionense: “El festival es la única mina que va a quedar abierta”. Lo sentenciaba solemne con su voz oscura y resonante de pozo minero.

El trovo le puso a las tarantas, cartageneras y mineras versos con aspiraciones filosóficas y sociológicas, la dimensión colectiva de la protesta social, una rigurosa sintaxis y un léxico preciso, rasgos que distinguen a estos cantes del resto de lírica flamenca.

Pero el cante de los mineros viene de un horizonte campesino de era y trilla, malagueña de la madrugá y brioso fandango bailado con postizas, llevando impreso unos marcadores identitarios de gran calado antropológico como son la identidad local de La Unión y por ampliación, en mancha de aceite, de la comarca y aún de la región: “Yo vivo en Santa Lucía, /lo mejor de Cartagena…” La identidad profesional o el orgullo de ser minero: “Porque tiro la barrena/ me llaman el barrenero/ siendo yo el mejor minero/ que sale de Cartagena”. La identidad de clase social, la lucha de clases en el cante o la búsqueda del paraíso en la tierra: “Minero, ¿pa que trabajas/ si pa tí no es el producto?/ pa el patrón son las alhajas, / pa tu familia el luto/ y pa ti la mortaja”. Este asunto de las identidades de nuestros cantes ha sido muy bien abordado por Cristina Cruces y por si sólo constituiría motivo sobrado para la declaración de Bien de Interés Cultural inmaterial de los cantes mineros. Éstos comparten con el resto de los estilos flamencos la metafísica lorquiana del duende como signo de presencia de la muerte, así el Viernes Santo, el toreo y el cante jondo son las máximas expresiones artísticas de la muerte en el sur de España, según el poeta granadino. Se le llama jondo porque “es hondo, verdaderamente hondo, más que todos los pozos y todos los mares que rodean el mundo…” Concepto este último que nos remite a la profundidad expresiva y a la radicalidad de la experiencia que representa. La hondura de la mina como metáfora de la tumba húmeda y definitiva, el pozo del gran silencio en la gran pirámide que constituye toda la sierra minera.

El flamenco se asoma con temblor a las últimas preguntas y posee ese aire de liturgia que remite a una religión de sustitución con su panteón de dioses a los que se invoca con recogimiento: ¡Vamos a acordarnos de El Rojo el Alpargatero! Unos humanos que en la gloria del cante disputan la inmortalidad a los viejos dioses: Silverio, don Antonio Chacón, Manuel Torre, Pastora Pavón, Caracol, Marchena, Mairena, Camarón, Valderrama…Una religión que estalla en el éxtasis arrebatado del baile y que posee una teología que pretende exhortizar el desamparo del hombre sobre la tierra, las injusticias, evitando que se junte la pena con el dolor: “Y por eso el minero canta,/por un sol de oro limpio./ Canta el pobre, la pena canta,/ no canta el rico./ Y así es como canta el hombre,/por su niño antiguo,/ y la boca, sin pan y sin besos/ y el cielo vacío. Sólo de lo negado canta el hombre, / sólo de lo perdido…”Y La Unión cuenta con dos templos excepcionales para el sacrificio liberador de una espiritualidad laica que consuela pero que abre el azogue de los espejos. Uno es el antiguo mercado conocido como la Catedral del cante, denominación eclesial de la máxima alcurnia, y la mina Agrupa Vicenta.

La mina evoca historias de dioses y héroes que descendían a los infiernos cruzando laberintos y derrotando monstruos para enfrentarse con nuestros peores temores, porque quizá nuestra salvación esté en plantar cara al destino, amar lo que nos toca vivir superando el miedo a la muerte como hizo el propio Jesús cuando bajó a esa oscura región, con la soledad de un minero, antes de ascender a los cielos.

JOSÉ SÁNCHEZ CONESA

Investigador de la cultura popular

martes, 28 de diciembre de 2010

HOMENAJE A ENRIQUE MORENTE: MONOGRÁFICO: SIGUE VIVO EN MI CORAZÓN: PACO PAREDES

Sigue vivo en mi corazón
Paco Paredes


Qué difícil se me antoja escribir sobre el maestro y su arte, escribir del amigo. Su ausencia me estremece. Imposible, me parece imposible, ¿cómo nos vamos a hacer a la idea de que nunca más volveremos a disfrutar con su arte?, ¿que nunca más podremos disfrutar de sus grandes valores humanos? Pero si estaba pletórico, lleno de vida las últimas veces que lo vi, la última vez que hablamos por teléfono. Imposible, me parece imposible, no puede ser, por favor que alguien me despierte, que debo estar durmiendo. Todo esto debe ser parte de un mal sueño. Por favor, que alguien me despierte de una vez.

No puedo ser objetivo, no quiero, no puedo serlo, ¿acaso alguien puede ser objetivo cuando el arte fluye hasta penetrar hasta lo más profundo de tu interior?


El mejor cantaor

Enrique forma parte de mi vida desde el inicio de mis recuerdos, cuando desde mi niñez siempre escuché decir en mi casa que Enrique era una cantaor especial, de esos que nace uno cada cien años, de los que son capaces de crear, de amar y sentir y desarrollarlo a través de su personalidad infinita. No puedo ser objetivo, no quiero, no puedo serlo.

Tendría yo unos cinco o seis años cuando oiría por primera vez su nombre con una anécdota que me contó mi padre, y que recuerda cada vez que profundizamos en esta pasión nuestra que es el flamenco.

Como he dicho, mi padre, el “Niño Alfonso”, cantaor unionense, que gozó de cierto prestigio entre los años 50 y 70, y que por su afición y dedicación tuvo la oportunidad de alternar con las más prestigiosas figuras del momento, recuerda con especial cariño una conversación con Pepe Marchena, al que le unía una profunda amistad desde hacia muchos años atrás.

Con motivo de la celebración en 1965 del segundo Concurso Nacional de Cante por Cartageneras, en el que, el Maestro de maestros, actuaba como estrella estelar fuera de concurso, junto a otros cantaores como Jacinto Almadén y Manolo el Malagueño.


Marchena, fijando los ojos sobre Morente, que concursaba (ver cartel , al pie del artículo), le dice a mi padre:

“¿Ves a ese muchacho?, ¿lo conoces?”; al responderle que no, el maestro de Marchena le dijo, “ese joven es Enrique el Granaíno, y es el mejor cantaor que he escuchado nunca, el que va a acabar con todos nosotros el día que ya no estemos aquí”.

Tal afirmación, la verdad es que en esos momentos era difícil de entender y, por supuesto, durante algunos años me costó asimilarla y siempre me hacia la misma pregunta ¿qué le llevaría a Marchena a afirmar eso con tanta rotundidad?

Cuando fui creciendo, educándome en el cante, escuchando a infinidad de cantaores, disfrutando, riendo y llorando con cada uno de ellos, cuando mediante la expresión única de un cantaor y una guitarra pude sentir todas las alegrías, sinsabores, nostalgias y melancolías del Arte Flamenco, lo comprendí. Tal vez en Pepe Marchena despertaba el joven granaíno un sentimiento nuevo, tan fresco y a la vez tan antiguo, que desprendía un aroma creativo de un tiempo que él ya había olvidado, o ¿quizás presagiaba en él una grandeza que aún estaba por venir?.

Fuere como fuere las palabras halagadoras fueron dichas por uno de los más importantes cantaores que ha dado la historia del Flamenco.

El cante gozaba de grandes cantaores por esos años, pero carecía de verdaderos creadores y renovadores, como en otras épocas de antaño, cuando la creación y la personalidad era un signo claro y evidente en los grandes maestros del género.

Yo no creo que Enrique Morente sea el mejor cantaor de todos los tiempos, o tal vez sí, ¡yo que sé!, sólo sé que se me hace imposible pensar en la magnitud y trascendencia del Olimpo del Arte Flamenco sin su figura. ¡Quién si no, seria el encargado de actualizar las viejas enseñanzas para que este arte vigente se adaptara a toda capacidad de sentir, sin cadenas que truncaran su proceso evolutivo!, ¿cómo pretendemos que un arte permanezca inmóvil dentro de unos cánones que se establecen a través de los tiempos, inalterable al paso de los años?, No , por favor, el maestro del Albayzin tiene un lugar privilegiado entre los más importantes genios del flamenco y su nombre sólo podría ser comprendido, formando parte de la mitología del Arte Flamenco, al igual que el de Camarón y el de Paco de Lucía, que se convertirían en las tres grandes figuras de nuestro tiempo, sólo sus nombres serán equiparados a genios como Silverio, Chacón, Tomás, El Torre, Vallejo, Pastora, Caracol, Mairena o el propio Marchena.

Y es que, algo tendrá el vino cuando lo bendicen.

Desde Don Antonio Chacón ningún otro cantaor ha sido capaz de aportar tanta creación al arte flamenco, de jugar con el arco melódico para crear y recrear un nuevo mundo de melismas y tonalidades, enriquecido con esos giros melódicos que nos adentran en un nuevo concepto heterodoxo, sí, pero que nace desde la más profunda ortodoxia…

Todo ello establecido desde esa posición privilegiada que te da el conocimiento, ese magisterio que se adquiere con la experiencia de haberte formado en las mejores universidades del arte, para luego enriquecerse hasta un extremo todavía no comprendido por unos pocos, que con concepciones inmovilistas se aferran a un pasado inamovible, como si la vida no hubiera evolucionado durante estos años.

Como diría mi querido amigo José Manuel Gamboa, “morentiano mayor del reino”, Enrique-cimiento. Enrique pone los cimientos para que en un futuro otros artistas puedan evolucionar sin el miedo a la presión a la que él fue sometido, a partir de él todos pueden cantar exteriorizando sentimientos a través de la música. Su cante era poesía y su carácter creativo haría que la poesía le saliera al encuentro para que él musicalizase ese momento con el sentir del cante jondo. La huella de Enrique se aprecia en nuestra cultura desde años atrás, sólo tenemos que ojear un poco en el panorama actual, como se mueve el flamenco en la actualidad. “Joder Enrique, cuánto nos has dejado, cuántas puertas has abierto”.

Apenas dos meses después de su actuación en el concurso de cartageneras, Enrique vuelve a la tierra para participar en el V Festival del Cante de las Minas de La Unión, su estilo interpretativo del cante por tarantas distaba mucho de lo que los jurados y organizadores de aquellos años querían impulsar como prototipo de los cantes unionenses, de los cantes mineros. El arte del joven cantaor granaíno no terminó de ser comprendido por los jurados de aquella época.


Vivencias

Pero en esos primeros años pasarían mil anécdotas que hoy podemos recordar con nostalgia. Algunas de ellas tuve la suerte de poder vivirlas personalmente, otras sin embargo sería de nuevo mi padre quien me las transmitiera y permanecen en mí con tanta vigencia que me parecen parte de mis propias vivencias.

En esos años 60, en los que Enrique vendría a participar como concursante en el “Festival Minero”, se le solía ver siempre acompañado de los artistas que por aquí pasaban, Bernardo de los Lobitos, Jacinto Almadén, con los que había trabado una gran amistad en Madrid, Flores el Gaditano, el Flecha de Cádiz… y con sus paisanos Manolo Ávila y Cobitos, que se convertirían en personajes característicos de La Unión de esos años, no sólo por su calidad artística, sino por las mil anécdotas que alrededor de sus figuras circularían por La Unión durante los años que a ella acudieron.

Una noche, Manuel Ávila y Cobitos son contratados para cantar en una fiesta privada, a la que Enrique también fue invitado. Primero el maestro de Montefrío interpreta sus cantes, los habituales en su repertorio, malagueñas, murcianas, temporeras, siguiriyas, granaínas, fandangos… Alguien del público pide que cante el más joven, a lo que inmediatamente responde Cobitos, “tú no cantes, que tú no sabes”, y dirigiéndose al respetable les anuncia con rotundidad: “Lo siento señores, pero él no está preparado, no puede cantar porque no sabe”, asintiendo Manuel Ávila: “No, él no, él no sabe… Niño, tú escucha y aprende”…

Cabe recordar que Enrique, por esos años, ya se había formado en Madrid con algunos de los mejores maestros que habitaban en la capital, y ya había sido vaticinado por el genial Marchena como “el cantaor que acabará con todos nosotros cuando ya no estemos”…

Y le toca el turno a Cobitos, tras la negativa de ambos a que Enrique siquiera alzara la voz para hacer ni un solo cante porque, como no sabia”… Cobitos se sienta en su silla y se dispone a cantar, el guitarrista entona la salida para que cantara esas soleares trianeras del Portugués, descendientes de la escuela de Silverio: “Me preguntan si te quiero y yo digo que ni verte/ te quiero más que a mi madre con eso engaño a la gente”, y entre el silencio de la noche se escucha en el patio, donde se había improvisado el escenario, un invitado con el que nadie contaba, un grillo Sí, un grillo que se había unido a la fiesta, para el asombro y las risas de los allí presentes. El canto del grillo desquició al viejo Cobitos, que, tras varios intentos, el sonido de su cante le hacia que no se centrara en la guitarra ni siquiera en lo que quería cantar, se hacía tan insoportable que no atinaba ni con la letra, y, enfadado, exclamo: “No, yo no canto, aquí no se puede cantar. A ver, que alguien mate a ese grillo que me lleva desentonao”, y así, ante el asombro de todos los presentes, se acabó la fiesta. Enrique, “como no sabía”, se tuvo que volver sin cantar y, lo peor, esa noche, tras el arrebato de Cobitos se fueron sin cobrar.

Al día siguiente sería contratado sólo el joven Morente y cuentan quienes asistieron que ya con sólo 23 años Enrique dio un magnifico recital cargado de maestría y jondura, ya por esos años el granaíno era un adelantado de este arte, y su actuación había que calificarla como antológica, de esas que hacen historia. Que lástima que no queden documentos sonoros de lo cantado aquella noche. Años después, cuando cariñosamente recordábamos esta anécdota, Enrique, al cual se le escapa una simpática sonrisa, acompañada con una leve carcajada, me decía: “Por favor Paco, cómo voy a decir en Graná que a mi querido Cobitos le dió un revolcón un grillo”.


Reconocimientos

Su figura encontraría, no obstante, en La Unión un cariño especial y volvería en algunas ocasiones a las galas del Festival destacando entre ellas la realizada el 13 de agosto de 1971 junto a los hermanos Antonio y Manuel Mairena, Chocolate, Fernanda y Bernarda, y La Perla entre otros. También acudiría a los ciclos culturales impulsados por la Caja de Ahorros del Sureste acompañado por la guitarra de Manzanita. De esta ocasión recogemos unas estupendas declaraciones al diario El Noticiero de 25 de Enero de 1973 en una magnifica entrevista guiada por mi querido amigo, ya desaparecido, Tomás López Castelo, quien, a través de las páginas del diario, creara una Cátedra de Flamenco que seria reconocida con el premio de periodismo por la Cátedra de Flamencología de Jerez:

-¿Por qué buscas nuevas formas al cante?

-Sólo porque no creo que haya unos cánones o patrones para los cantes, yo intento llegar a las gentes y eso es lo que estoy consiguiendo.

-Enrique se habla de que has asesinado el cante…

-Yo no he asesinado el cante, lo que pasa es que los castillos montados no los acepto, claro que siento un gran aprecio, una gran veneración por esos maestros del cante como son Antonio Mairena, Pepe el de la Matrona, Sellés y otros. Pero eso no quiere decir nada para que yo tenga y quiera hacer mi estilo personal, ya que los patrones del cante fueron hechos por cantaores y los que le siguieron cogieron el mismo camino.

-¿Has pensado que con tus nuevos descubrimientos, dentro del cante, puedes desconcertar a la afición y tener una dura crítica de ella?

-Me han llamado «el asesino del cante y otros el «Al Capone” del cante. No creo que mi estilo sea un escándalo para la afición. Lo que yo intento es darle mi estilo y mi forma y eso es lo que estoy haciendo, y prueba de ellos es que la afición me escucha y me aplaude.

Más tarde, con el paso de los años, sería homenajeado en el Festival Internacional del Cante de las Minas dedicándosele la edición del 2004 y recibiendo el “Castillete de Oro”, máximo galardón honorífico entregado por el Festival, coincidiendo con el momento más importante de éste, sus bodas de oro.


El amigo

Enrique te hacia siempre sentirte importante como si tú tuvieras un lugar de relevancia en su vida, nos transmitía con su sensibilidad que cada uno de los que él consideraba sus amigos formábamos parte de su universo, pienso que todos éramos importantes para él y nos lo demostraba con su respeto, aprecio y ese don sincero que nacía con su persona.

A mí, personalmente, me enganchó su forma de ser, a mi mente vienen con mucho cariño algunas de sus acciones hacia mi persona que prefiero recordarlas en la intimidad.

Enrique fue y es un artista universal, pero sobre todo fue una gran persona, de esas que siempre recordaremos con cariño, con una inteligencia fuera de lo común y con una excesiva sensibilidad, si no fuera de esa manera ¿cómo se podría entender su obra?

Creo que su grandeza hubiera abarcado una infinidad de nuevas creaciones, harían falta mil vidas para desarrollar artísticamente todo lo que llevaba dentro; su inquietud le hacia mejorarse día a día.

No puedo transmitir lo que sentía cuando aparecía un nuevo disco suyo, esa sensación de abrirlo, ojearlo y escucharlo es algo que no puedo explicar con palabras, nunca sabíamos con lo que nos íbamos a encontrar, era un mundo nuevo cargado de musicalidad que el maestro nos ofrecía a quienes quisiéramos sentirlo, a quienes quisiéramos disfrutarlo.

Cada una de sus actuaciones creaba un sentimiento especial en mí, sin saber que la desgracia estaba cerca, acudía a verle como si esa vez fuera la última… y por desgracia esa actuación del Festival unionense en sus Bodas de Oro, seria la última en que lo viera en escena.

Esa noche, mi hijo de cinco años, te decía: “Enrique eres el que mejor cantas. Mi padre siempre escucha tus discos” y no se me olvida la risa que soltaste en ese momento, ni tus cariñosas palabras…

Recuerdo con especial cariño esa conversación mantenida hace algún tiempo en el Palacio de Congresos de Granada, en el homenaje a tu querida Loles del Cerro, donde me dijiste los proyectos que tenías con los cantes mineros, que ilusión me hubiera hecho ver tus proyectos terminados y que estos cantes de mi tierra que tanto quiero se vieran representados en una nueva obra tuya para la posteridad.

O esa noche, muy reciente, donde fuiste entrevistado para el diario La Verdad. Después de la entrevista, te encontramos pletórico, lleno de vida, de ilusiones y tu cante puro, como sólo tú sabias hacerlo, fluyó entre nosotros. Los duendes del flamenco sobrevolaron por la ciudad minera, regalándonos la esencia sensitiva de tu arte. Tu cante se pudo sentir en la intimidad, dotado de ese magnetismo especial que sólo tú podías transmitir, transportándonos a ese momento mágico de sensaciones, que muy difícilmente volvamos otra vez a sentir.

Querido amigo, estimado Maestro, tú sabes lo que te he admirado y lo que te admiro, no imaginas lo orgulloso que me he sentido de que me consideraras tu amigo.

Las campanas de la gloria
Resuenan por soleá

Cantado estará Morente
Con el aire de Graná.



Paco Paredes.
Flamencólogo.
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revisatalafactoria.eu

domingo, 11 de enero de 2009

EL AÑO FLAMENCO 2008 en CDs, DVDs, Libros, Didácticos, Partituras.., por Rafael Manjavacas

EL AÑO FLAMENCO 2008 en CDs, DVDs, Libros, Didácticos, Partituras...
Por Rafael Manjavacas
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No son buenos tiempos para la industria discográfica, mucho menos para el flamenco. La crisis generalizada en este 2008 que se cierra, deja un balance pobre en cuanto a los productos editados, bien sean CDs, libros, DVDs, tanto los nuevos como en reediciones.
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CDs
Han sido pocos los grandes que han sacado disco en 2008, apenas podemos contar 4 discos; Carmen Linares con su “Raíces y Alas” ya con sello propio, Manuel Moreno “El Pele” con su “8 guitarras… y un piano” que es probablemente el mejor disco de este año. Enrique Morente añade otro título a su extensa discografía homenajeando a Pablo Picasso y Juan Peña “El Lebrijano” le canta a Gabriel García Márquez.
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Otros veteranos como el Yeyé de Cádiz, El Chozas o Curro Lucena hacen su aportación a la producción flamenca del 2008. Caso aparte merece el de Jaime Heredia “Parrón” y su “Pan con aceite y azúcar” y Juan Gómez con su “Flamenco cabal” que editan su primer disco con producción propia y permitirán que su arte flamenco quede reflejado y deje constancia a los aficionados al flamenco.
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La nómina de jóvenes que sacan su primer disco es algo superior a otros años; la necesidad de darse a conocer y al margen de las actuaciones en directo, un disco, se convierte en su tarjeta de visita para aficionados y festivales flamencos. Enrique el Piculabe y Manuel Cuevas a través de una multinacional Universal, Juan Pinilla edita su primer disco como ganador en 2007 de la Lámpara Minera, Ezequiel Benítez tras su participación en “La Nueva Frontera del Cante de Jerez” saca su disco titulado “Sobrellevé”. Israel, cantaor toledano, prueba con “Naranjas sobre la nieve”, su incursión en el flamenco. Uno de los más destacados del 2008 es sin duda el disco de David Palomar “Trimilenaria” editado por él mismo, y el reciente “Jerez sin fronteras” de Jesús Méndez, producido por Gerardo Núñez.
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Si en cante apenas hemos contado 4 en lo que a los grandes se refiere, en guitarra nos quedamos huérfanos, apenas una “Antología” de Tomatito que no podemos considerar como disco nuevo. Respecto a los jóvenes el de Michele Iaccarino “Tiempo presente”, “Anhelo” de Juan Delola y sobre todo el de Juan Antonio Suárez “Cano” con su “Son de ayer”.
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En las fusiones, discos de grupos, instrumentales y otras mezclas variopintas, nos encontramos con discos como el de Pitingo “Soulería”, uno de los más vendidos y populares en España. Falete, Algiva y el Barrio siguen teniendo un hilo de unión con el flamenco y han triunfado ante el gran público. Al margen de popularidades, el 2008 nos ha deparado con buenos discos instrumentales como el de Diego Amador “Río de los Canasteros”, el “Chicuco” de Sergio Monroy o el de Perico Sambeat y su Flamenco Big Band. Otro que podrá recordar positivamente el 2008 es Diego el Cigala que con sus “Dos lágrimas”, disco continuación de “Lágrimas negras”, ha podido alcanzar gran popularidad en España, reservada para pocos. Otros importantes en el flamenco han sacado sus discos: Lole con “Metáfora” , El Cabrero ha sacado un disco de tangos argentinos, Mayte Martín con las hermanas Labéque “De Fuego y agua“ o Javier Limón con su proyecto “Son de Limón”.
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Las reediciones también son importantes para el flamenco, cada año más, y podemos destacar el “Alegro, Soleá y fantasía de Cante Jondo” que Enrique Morente tenía en su cajón y ha podido rescatar a través de su revitalizado sello Discos Pobreticos. El inevitable y cada año esperado nuevo disco –o nuevo producto- de Camarón sigue siendo un pozo sin fondo para Universal, y objeto de deseo para todos sus seguidores. Otros rescates interesantes han sido los realizados por Universal con Enrique el Culata, La Perrata, Mujeres de la Bética, Pepe el Culata y Pericón de Cádiz.
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DVDS
En este soporte lo más importante siguen siendo las colecciones didácticas y reediciones. Destacamos las “48 lecciones de guitarra flamenca” en 4 volúmenes que ha realizado José Manuel Montoya, los DVDs de Zapateado Flamenco, de “Aprende a tocar las Castañuelas”, ambos de Manuel Salado, sigue siendo los más vendidos.
Lo más importante de este año en DVDs, sin ninguna duda, ha sido la reedición de las películas de Carlos Saura, “Flamenco” y “Sevillanas”, que llevaban muchos años descatalogadas y han sido muy bien acogidas por los aficionados.
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Pero nuevo, nuevo… quizás el DVD “Farruquito y familia” en vivo, y el de los bailaores Domingo Ortega, Andrés Peña y Rafael Campallo. En guitarra no podemos olvidar el DVD de José Antonio Rodríguez, “Córdoba en el tiempo”.
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LIBROS
Aunque parezca mentira, libros si se siguen editando, la nómina sigue creciendo año tras año y aunque se descatalogan pronto, algunos perduran y se convierten en clásicos. En orden inverso de aparición, podemos destacar el de la Fundación Antonio Gades llamado “Carmen” en la que celebran el 25 aniversario de su estreno, el celebrado “La Voz de los Flamencos” de Miguel Mora que a la vista de las ventas realizadas ha sido el gran regalo flamenco de estas navidades. Destacamos el libro de José Luis Ortiz Nuevo “Las mil y una historias de Pericón de Cádiz”, otro libro dedicado a “La Argentina” y la reedición de “Cante hondo” de Manuel Machado.
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En partituras, la editorial Acordes Concert de Oscar Herrero sigue rescatando joyas de la guitarra como el “Aljibe” de Manolo Franco o el de Mario Escudero “Gloria de la guitarra flamenca”. Otros importantes son el de José Luís Montón, los de Tomatito “Paseo de los castaños”, “Campo de la Verdad” de Vicente Amigo o la nueva entrega de partituras oficiales de Paco de Lucía “Almoraima”.
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Son todos los que están, pero no están todos los que son, algunos productos no nos han sido enviados o simplemente no hemos considerado conveniente incluirlos en nuestro listado de tienda por diversos motivos. .

Más información: deflamenco.com

lunes, 1 de diciembre de 2008

XV Bienal de Flamenco de Sevilla "El Flamenco es música", curso organizado por la Univ. Sevilla actividad paralela El Olivo nº 158 por Norberto Cortés


(Publicado en El Olivo nº 158, noviembre-diciembre 2008).
por Norberto Torres Cortés.

Del 15 al 19 de septiembre ha tenido lugar en la Facultad de Ciencias de la Educación de Sevilla el curso “El flamenco es música”, de 20 horas de duración (dos créditos de libre configuración), como una de las actividades paralelas de la XV Bienal de Sevilla.
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Dirigido por los profesores José Luis Navarro y Rafael Infante, la coordinación del mismo me permite ahora escribir esta breve reseña de primera mano.
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Obedeciendo a la voluntad de la Bienal de Sevilla de ahondar en el estudio del flamenco desde la musicología, intentó reunir durante una semana a los principales musicólogos y etnomusicólogos que han enfocado sus líneas de investigación hacia el flamenco.
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Desde planteamientos teóricos generales formulados por Lola Fernández, autora de una teoría musical del flamenco (Acordes Concert, 2004), de una semiótica del flamenco diseñada con el apoyo multimedias de Philippe Donnier, el famoso etnomusicólogo que convirtió el duende a las matemáticas puras y duras, el repaso de músicas y bailes populares preflamencos a cargo de Miguel Ángel Berlanga, uno de los contadísimos profesores titulares de musicología que imparte flamenco en una universidad española (en este caso la de Granada), el profesorado del Curso de Doctorado de la Universidad de Sevilla con Francisco Escobar investigando la composición y creatividad en la guitarra flamenca, Joaquín Mora la voz flamenca, Eulalia Pablo Lozano el género en la guitarra flamenca, Faustino Núñez comentando su experiencia en primera persona de la música en Antonio Gades, Norberto Torres parte de los orígenes musicales del flamenco localizados en la guitarra barroca hasta la clásico-romántica, el curso contó además con el contrapunto intelectual de dos artistas creativos y de un poeta.
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La presencia del piano como cuarta disciplina de un género que no cesa de evolucionar en lo musical, con las ponencias de Pedro Ricardo Miño y David Peña “Dorantes”, que no solo explicaron e ilustraron con el piano su proceso creativo, sino que recordaron a los diferentes maestros de un instrumento no tan reciente en el flamenco, la palabra de José María Velázquez Gastelu, que también recordó la constante cercanía de la música flamenca con la poesía a través de poetas señalados de las Letras Españolas.
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Dado el interés y estímulo demostrados por los ponentes que tuvieron ocasión de compartir durante una semana su experiencia y expectativa investigadoras con un alumnado constituido mayormente por musicólogos y músicos iniciando investigaciones sobre el flamenco como música, se está gestionando ya la edición de unas Actas con el contenido del curso, de manera a que su contenido llegue también a todo el público general interesado en “Las músicas del flamenco”.
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