IX FESTIVAL DE FLAMENCO VA SUCINA (MURCIA) DEL 15 AL 18 DE JULIO 2015

RECINTO EXTERIOR DEL CENTRO CULTURAL MUNICIPAL DE SUCINA
La Unesco declara el Flamenco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en Nairobi 16.11.10
El Ejecutivo de la Región de Murcia declara Bien de Interés Cultural inmaterial los Cantes Mineros y de Levante

sábado, 3 de septiembre de 2011

ARTÍCULO DE INVESTIGACIÓN DEL FLAMENCÓLOGO PACO PAREDES: ANTONIO AYALA MATEO "EL RAMPA" 1ª PARTE

ANTONIO AYALA "EL RAMPA" 2º PARTE


Por esos años Guerrita ya triunfa en Madrid y es un fiel reclamo de los mejores espectáculos Vedrines. Fanegas se afianza como cantaor indiscutible en Cataluña, convirtiéndose durante años en el cantaor preferido por el público que, día a día, se agolpaba para escuchar buen flamenco en el Teatro Circo barcelonés.

Mientras, en la tierra, el Rampa, junto con el Mendo, se convierten en los cantaores punteros que vierten su arte entre los contornos del terruño. Su cante es el impulso necesario para complementar verdaderos espectáculos de lujo, alternando con las más grandes figuras del género.

En marzo del 27, el Rampa es contratado para completar un cartel junto a la más genial de las cantaoras de todos los tiempos Pastora Pavón “La Niña de los Peines”, que vendría acompañada por el también cantaor José Muñoz Martín “Pena Hijo”, triunfando en el Circo Teatro unionense y en el Teatro Circo de Cartagena.

Los cantaores regionales se suceden en los concursos del verano de ese año: Antonio Jiménez “Niño de San Antón”; el Niño de La Unión; El Cartagenerito; El Niño de Cartagena; el Cano, José Medina…. También el joven Eleuterio Andreu que, poco más tarde, giraría en compañía con el Niño del Genil.

El genial Angelillo es contratado durante algún tiempo para cantar en el Gran Kurssal español. Situado en el número 21 de la calle Aurora haciendo esquina con la calle Torres número 3, y conocido popularmente como La “Puñalá” en honor a una de pelea acaecida en su puerta años atrás. “La Puñalá”, se convertiría en el café más célebre del barrio del Molinete y en el cual se podía disfrutar del mejor flamenco con los cantaores de la tierra, siendo además el lugar de reunión de todos los grandes cantaores foráneos que paraban por la comarca. Durante su estancia en la ciudad, Angelillo comparte actuaciones junto al Rampa y el Mendo en los locales más flamencos de la zona.

De nuevo el Circo Teatro de La Unión acoge buen cante el 8 de septiembre del 27. La prensa del momento destaca el gusto y la modulación del cantaor de Vallecas. Al parecer el Rampa no tuvo su noche más acertada, aunque según la crónica, la actuación también gustó al respetable. Continúa la crítica con el Mendo. El periodista considera su estilo como el más típico y natural de la tierra. El guitarrista Pepe Grau “Rojo el Alpargatero”, extraordinario como siempre.

El 17 de noviembre del 27 de nuevo lo localizamos junto a un joven Juan Varea, apenas un principiante por esos años en el Circo Teatro de La Unión. El elenco lo encabezan Angelillo y el mago de la guitarra, Miguel Borrull. Completan el espectáculo su hermana, la bailaora Conchita Borrull, el bailaor Manolo de la Rosa, el Rampa y nuestro paisano, José Grau.

Un día más tarde, es presentado en el Teatro Circo de Cartagena. Al elenco se unen para la ocasión el cantaor de Santa Lucía, Juan el Andaluz, Pedro Garrido “El Niño de Levante”, quien años más tarde formara parte como cantaor de la compañía de la genial Carmen Amaya. De nuevo, la guitarra para los artistas de la zona sería la de Pepe Grau.

ANGELILLO

El éxito de Angelillo es arrollador; el Rampa también sale bien parado por la crítica en la que se destaca al jovencísimo Varea, a quien el público rindió importantes aplausos, augurándole un gran porvenir. Conchita Borrull triunfó con voluntad imponiéndose al dolor que sufre de su pie izquierdo a consecuencia de un reciente accidente. Manolo de la Rosa destacó pos su baile por farrucas, mientras que Miguel Borrull hizo algunos toques en solitario para después acompañar a Angelillo que obtuvo un éxito sobresaliente.

Éxito, éxito… Angelillo, el de la voz de Oro, recibe críticas excepcionales a su paso por los teatros de la Región y, junto a su compañía, debuta en el Teatro Guerra de Lorca. Angelillo, el de la voz de oro, revoluciona al público por su gusto y sentimiento interpretativo.

Y seguimos con las crónicas de excepción de la época. El Rampa y Juan Varea estuvieron muy bien y fueron constantemente ovacionados. También Paquita Mateos “La Gonzalito”, la peque lorquina, tuvo un éxito clamoroso.

Por esos años, el Rampa goza de un éxito imparable. Su amistad con Angelillo hace que éste apadrine a una de sus hijas. Como anécdota nos relatan sus familiares que, cuando Antonia, la hija mayor del Rampa comenzaba a andar, Angelillo le enseñaba monedas y las tiraba por el suelo para que la niña motivada diera sus primeros pasos.

Comparte cartel con el genial Manuel Vallejo en varias ocasiones e ilustra importantes macro espectáculos de la ópera flamenca en el desaparecido coso taurino cartagenero junto a Varea, el Cojo de Málaga, El Pinto, La Niña de Los Peines, El Niño de Orihuela, el Niño de Utrera y Manuel Pavón. Con este último, se correría alguna que otra juerga de importancia en el desaparecido, flamenco y pendenciero barrio del Molinete.

Antonio “El Rampa” era un cantaor querido y respetado por sus compañeros de profesión. Guerrita que, ya por esos años se había convertido en una primera figura nacional, le consigue un contrato para debutar en el Circo barcelonés, aunque el Rampa donde de verdad se encontraba a gusto era en su tierra acompañado de los suyos y lo que, primero se había convertido en un gran contrato, duraría solamente una semana, volviendo de nuevo a Cartagena para seguir con su cotidianidad.


Y, de nuevo, en la ciudad portuaria, ameniza de buen arte las fiestas de los personajes más influyentes de la zona, especialmente las organizadas por el Almirante Bastarreche, que sentía una enorme admiración por el Rampa, siendo éste su cantaor preferido para sus reuniones.

Los teatros, cines y cafés de la zona programan todo tipo de espectáculos en los que el Rampa era un fijo en gran parte de ellos. Se incorporan a los elencos cantaores como Roque Carrasco “Roque el de Las Máquinas”; José Lucas; Tomás Cuenca; Ginés García; Juan el Andaluz; Jaime Tartabull; La Levantina; el Niño de Cartagena; El Niño de La Unión, etc.

Entre los años 1929 y 1930, el dueño del Café del Tranvía recupera los espectáculos de cante jondo que años antes tanta gloria dieran al local y a la historia del cante de la Región.

El Rampa, al igual que hace una década, se convertiría en el cantaor local encargado de medirse a los cantores foráneos contratados para actuar en el prestigioso café durante esos años. Junto a él, actuaron el gran Soldado de Sanlúcar, que no es otro que el cantaor Paco Gallardo que formara parte en ocasiones de la compañía de Guerrita; la estrella local, el cartagenero Juan Baños “Fanegas”; Verdulerito de Málaga; El Niño de Quesada; Niño de Coín; el Posadero; Vallejo Chico; el Canario de Madrid (Canario Chico); Manuel Celestino Cobos “Cobitos”; José Rebollo; La Piquito de Oro; María la Granaina; La Niña de Chiclana; el Cano anunciado como el Rey de las Cartageneras; La Niña de Linares o el Niño de las Moras. También, las guitarras, entre otros, de Blasillo Hernández “Montoya II”; José Mateo “El Zocato”; el Malagueñito.

Además, continúa actuando en espectáculos junto a Rebollo, Cobitos, La Lavandera, La Ciega de Jerez, con los que marcha en una breve gira por algunas ciudades españolas.

Las críticas se suceden en la prensa de la época. En el Café del Tranvía, El Rampa es cada vez más aplaudido en sus tarantas y fandangos, que interpreta con un gusto grande y singular.

En esos años ya había contraído matrimonio con Dolores Oballa. Fruto de esa unión nacerían Antonia, Manuel (padre de Antonio Ayala “El Rampa” nieto), Juan (apodado “el Sandi”) y María Dolores. Sus hijos varones desarrollaron una gran afición por el cante. “El Sandi” fue un destacado cantaor aficionado y, aunque nunca llegó a desarrollar su arte en un escenario, conocía a la perfección una extensa variedad de cantes antiguos aprendidos de su padre; cantes del Garrido de Jerez, del Cojo de Málaga y un gran repertorio de cantes de la zona.

Pero si hay un fiel continuador del arte flamenco en su familia es, sin duda, su nieto Antonio Ayala Paredes, el Rampa, quien heredó su arte y nombre artístico. Cantaor con un extensísimo repertorio y unos conocimientos “jondos” fuera de lo común, cuenta en su haber con algunos de los más importantes premios en el panorama nacional, destacando la Lámpara Minera en el Festival de La Unión y el Abanico Flamenco de Barcelona.

Si su abuelo formó parte junto al Guerrita y Fanegas de ese trío mágico que lideraba una generación, su nieto pertenece a otra de cantaores nacidos entre los 50 y 60, siendo referente obligado junto a Encarnación Fernández y el tristemente desaparecido Manolo Romero como poseedores de una frescura y jondura renovadas en la interpretación de los cantes de nuestra tierra. Con estos dos últimos, se abriría especialmente un proceso generacional en el que los cantes de La Unión, siguiendo las líneas que habían interpuesto sus antecesores, rompen ese hermetismo interpretativo que impedía a los artistas enriquecer el cante con sus aportaciones.

Volviendo a la figura cantaora de su abuelo, me gustaría reivindicar que al Rampa Viejo, hoy se le reconoce casi de pasada, como si fuese un mero aficionado, pero sería cuestión obligada justificar su figura como uno de los artistas más destacados de la provincia a partir de los años 20, con mayor intensidad en las décadas de los 30 y 40 porque con el asentamiento en Barcelona y triunfo por toda España de Guerrita y, en menor medida, Fanegas, él lideró a los artistas de esa misma generación que optaron por seguir en la tierra. Pertenecen a ese grupo de artistas, el Mendo; Patricio Alarcón; La Levantina; Manolo Peralta o el Cano. Más adelante, cabe citar, en Cartagena, a Antonio Piñana; en La Unión, a Juan Alcaraz “Niño de La Unión”, quien participó en varios elencos de Ópera Flamenca; El Genaro; Simón Zaplana; Pedro el Igualero, así como un joven Eleuterio Andreu.
En sus últimos años formó parte del jurado del Festival del Cante de las Minas de La Unión en sus primeras ediciones y asesoró a la organización del concurso durante algunos años, siendo imagen viva de magisterio y vivencias flamencas. El Rampa volvería a reencontrarse con Don Antonio Grau, el hijo del mítico Rojo el Alpargatero, y de nuevo florecerían los recuerdos de esos años de juventud, reivindicando esa escuela de cante antiguo de la que él se nutriría mamando de sus esencias en su juventud.

De esos años, hace unas declaraciones al desaparecido Asensio Sáez, Hijo Predilecto y Cronista Oficial de La Unión, recordando y reivindicando que conoció y alternó con Don Antonio Chacón de quien decía le había escuchado cantar minero, en alusión a los cantes de la tierra. Además, aportó unas apreciaciones muy personales de todo lo que le escuchó cantar:

Oír a Chacón era mismamente abrirse la gloria delante de usted, pero en “minero”, lo que se dice “minero”, Chacón no cantó nunca, no señor. Eso sí, el cante de las minas, el verdadero, lo enloquecía. ¡La de veces que en el café del comercio se rodeaba de “cantaores” mineros! Contar y no acabar. Los mineros, hala, venga a cantarle una copla tras otra hasta quedarse roncos.
(Sáez Asensio: LA COPLA ENTERRADA- Teoría apasionada del Cante de las Minas- Ayuntamiento de La Unión. Concejalía de Cultura-MU-1307/1998).

Del cante del Rampa puedo asegurar que, según los testimonios de excepción de mi padre, el cantaor unionense Alfonso Paredes “Niño Alfonso”, y del desaparecido cantaor cartagenero Antonio Rodríguez, “Morenito de Levante” -que compartieron con él alguna que otra “juerga” en los años 50 y 60-, su repertorio era extensísimo, destacando en granaínas, cartageneras, fandangos, verdiales, saetas, malagueñas en las que abarcaba una infinidad de estilos primitivos, cantes de ida y vuelta, etc. Además, aunque no era su fuerte, conocía una extensa gama de cantes por seguiriyas y soleares.

Su especialidad eran los cantes mineros primitivos, es decir, el cante por tarantas, del que conocía una gran variedad. Su voz, casi apagada ya en ese tiempo, recogía los registros sonoros del cante de la tierra; la interpretación de la Taranta en la voz del Rampa tomaba rango de cante grande, desarrollando una gran variedad de estilos diferentes. Y es que, con él, se cerraba un legado de cante de la tierra, sin adulterar por las modas cantaoras del momento. Su cante, impregnado con el misterio de lo antiguo, era fiel reflejo del llanto de un tiempo al que perteneció.
El momento álgido de su carrera se desarrolló en un tiempo en el que el cante minero en la comarca, aunque no olvidado, sí pasó a formar parte de un segundo plano. Al igual que en todas las zonas cantaoras, la ortodoxia se vería perjudicada por las nuevas forma interpretativas que imperaban en ese tiempo, a las que, al parecer, no quiso ajustarse, siendo un cantaor que expresaba su cante libre, con las solas ataduras de lo que su corazón y conciencia le dictaban. Por desgracia, no dejó nada registrado, su legado hubiese sido una fuente fidedigna de pureza del cante minero, muy a tener en cuenta por los estudiosos del tema.

Así pues, en los cantes antiguos, el Rampa era un filón.

Si el cante de sus compañeros de generación, Fanegas y Guerrita, respondía a las exigencias estilísticas de la ópera flamenca, con el Rampa el cante minero permaneció inmune, ajeno a influencias estilísticas.

Aunque no me han podido precisar si llegó a crear algún estilo de cante de la tierra, si nos recuerdan que solía cantar como uno de sus cantes predilectos una famosa taranta con la misma letra y musicalidad de las que se recogen en la actualidad como una de las mineras transmitidas por Antonio Grau al maestro Antonio Piñana, aprendida directamente de otro cantaor anterior a él, con el que compartió escenarios, amistad y una recíproca admiración: Patricio Alarcón.

Esto demuestra que no todo el cante de la zona quedó sepultado en el olvido, como mantenía la tradición. Algunas de estas tarantas, murcianas, cartageneras e incluso mineras, siempre estuvieron presentes en el repertorio de algunos de los artistas de la época. Me inclino más a creer que no era el cante el que estuvo relegado al olvido, sino que parte de los que representaban la divulgación flamenca en ese tiempo no gozaron de la debida atención y reconocimiento. Y es que, entre los artistas que permanecieron en la Región, el Rampa ejerció de maestro y máximo exponente.
Ese cante es transmitido en la actualidad por el cantaor Curro Piñana que hace de él una versión magistral, mostrando cómo pueden evolucionar estos cantes siguiendo el estilismo de unos patrones establecidos por el legado Grau- Piñana. Es el divulgado con la siguiente letra:

Que siempre te encuentro llorando
Que te ocurre vida mía
Las horitas del reloj
Me las paso suspirando
Suspirando por tu amor.

Se consideró admirador de Don Antonio Chacón; La Niña de Los Peines; Manuel Vallejo; El Cojo de Málaga; Angelillo; Juan Varea; Jacinto Almadén; Guerrita y, sobre todos ellos, del Niño de Marchena y Juan Valderrama. De los cantaores posteriores a él, disfrutó con el cante de Fosforito que se convertiría en su cantaor favorito de los que cantaban en su vejez.


Trabajó sus últimos años antes de la jubilación en la empresa naviera Bazán. Por ese tiempo, solía acudir con frecuencia a un quiosco-bar de madera situado en la carretera de la Algameca, cerca de su lugar de trabajo, y a los bares del Pinacho y los Techos Bajos de Santa Lucía, donde se formaban las tertulias de cante y ejercía de ilustre docente del cante minero.

Visitaba a diario el legendario bar Sol en cuyo reservado siempre le esperaba la agradable partida que tantos beneficios económicos le reportaba y donde compartía pasiones entre tarantas y fandangos con quienes le acompañaban. El Rampa era visitado a diario por los jóvenes cantaores y aficionados que gustaban de pasar un rato agradable con el maestro. Su voz, frágil y deteriorada, dejaba entrever los duendes que de ella un día emanaron para orgullo y engrandecimiento de los cantes de La Unión y Cartagena.

Encontraría la muerte a los 72 años, alejándose con él su recuerdo, para algunos que más daba que con él, el cante minero quedara huérfano de pureza. ¡Eso que importaba! La historia no lo echaría de menos… ¡Que frágil es la memoria!

Mientras la historia sacrificaría a toda esa generación que desde hace años y, fiel a la promesa que un día hice a mi padre y a Manuela, hija de Guerrita, intento reivindicar como una de las mejores época en la historia de nuestros cantes. Y es que, como diría años más tarde el genial José María Sanz”Loquillo”, los tiempos están cambiando, sin remisión.

ACCESO A LA 1ª PARTE

©Paco Paredes
La Unión Minera y Cantaora

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